Eran muchos textos, media vida, el rastro de un arrastre, de un dejarse llevar por los caminos de la expresión en busca de uno mismo y de los demás. Un trabajo, sin embargo, superficial, que tampoco había llegado a término, cuando el agujero negro de los binarios lo apresó todo, lo ordenó a su gusto y lo devolvió tan descompuesto que no quedaba sino destruirlo, borrar todo aquello para volver a empezar.
Había allí nuevas ideas, nuevas formas, tal vez, de entender y encender el arte.
Un chico, encerrado en su cuarto y aislado incluso de su familia, encontraba un lenguaje comprensible sólo para él… y para su primo, el que mejor lo conocía, a pesar de no haber vivido ni cinco otoños. Era un lenguaje basado en lo que él más había escuchado en los últimos años: los sonidos de las teclas de un ordenador. Había logrado que ese rectángulo frío, dividido en 105 piezas, funcionase como el instrumento más sutil, capaz de recrear melodías reservadas sólo para unos pocos.
En una tarde, un joven en una fábrica abandonada, tras caer por un eterno vacío protegido en una sustancia verde, cristalina, con forma de huevo, conocía a un extraño ser que, en su lecho de muerte, le “regala” la capacidad de quemar y destruir todo aquello que ve. Cuando sale de allí, descubre que no es el único, y que habían acudido allí otros cuatro que acudían a recoger al último del equipo, unos amigos que tendrían que buscar y entender por qué les había pasado aquello y lo que tendrían que hacer con sus nuevos dones…
Poemas… tantos poemas… algunos hermosos, otros ingeniosos, muchos sencillamente llenos de tripas y corazón, incomprensibles para nadie más… o para todos. Nunca se sabrá.